Acompañando al Racing de Santander descendido matemáticamente hace unas cuantas jornadas, hoy bajan tras el desenlace de la jornada Sporting de Gijón y Villarreal que cruelmente ven el abismo y la segunda división para la siguiente temporada. Así pues, los equipos implicados Rayo y Granada, y sobretodo el Real Zaragoza que durante 27 jornadas estuvo en puestos de descenso, se salvan de la quema y podrán estar un año más en la división de honor española, en la liga de las estrellas.
En un partido aburrido el Villarreal navegó más o menos tranquilo con la carambola a suficiente distancia. Pero llegaron los goles del Zaragoza y la calculadora comenzó a tiritar.
Un gol en contra, otro en Vallecas; un gol en contra, otro en Vallecas... tanto lo invocó la grada aterrada de El Madrigal que sucedió: rozando el minuto 89 Falcao marcó de cabeza a la salida de un córner. Un par de minutos después Tamudo marcaba el gol del Rayo en Vallecas y de repente el Villarreal no tenía suelo debajo de los pies. La crueldad se consumó con un remate de Marco Ruben al limbo en posición franca: era la salvación que se escapaba, el último hálito de vida. Y de ahí a las lágrimas, al drama y a la cara más horrible del fútbol, que le tenía que tocar a alguien y le tocó al que no estaba en casi ninguna apuesta. Los dioses del fútbol escriben con renglones torcidos.
Falcao con ansia de marcar marcó, bestia negra que le dejó sin final de Europa League la pasada temporada con cinco goles y que le hizo otros dos en el Caldéron en la ida del campeonato. Este, el octavo en cuatro partidos, es el más doloroso, un cabezazo marca de la casa de un delantero estruendoso cuando casi no había tiempo para cambiar la hoja de ruta. Porque hasta ese momento el Villarreal se había colgado del plan de Lotina y lo había ejecutado con esmero y absoluta, quizá demasiada, precaución. No arriesgó ni un ápice, no se permitió ni una alegría. Replegó líneas en su campo, muy juntas y muy pendientes de Falcao y del juego en tres cuartos de Diego o Adrián. Atacó poco, nunca desordenado y nunca con muchos jugadores por delante del balón. Eso bastó hasta que de repente un gol marcaba la frontera entre el paraíso y el infierno. Quedaban minutos, apenas segundos: no había tiempo.
El Atlético no ganó nada. El gol de Rondón en Málaga le dejó sin cuarta plaza. Con la Europa League recién conquistada el asunto no parece dramático pero puede que lo sea: sin caza mayor europea el grifo se cierra y el verano puede traer movimiento migratorio en la nobleza de la plantilla. Otra vez. Hasta el gol, el equipo jugó sin demasiada pasión ni demasiada resaca europea. Jugó un partido aseado y discreto con orden, poca profundidad y las algarabías de Salvio como principal baza.
Pero incluso con poco pudo marcar antes, cuando el Málaga ya ganaba, con un remate de Filipe al larguero y un remate de Salvio que salvó Diego López.
La última reflexión es para el Villarreal, acaso el gran derrotado de esta Liga, finalmente descendido a contraestilo, sin obtener recompensa ni con su personalidad ni al renunciar a ella. Comenzó el curso en Champions, jugando en Munich y Manchester, y lo termina en Segunda después de fulminar a Garrido y Molina y abrazarse a Lotina, después de las lesiones de Nilmar y Rossi y despés del traspaso, medio corazón exiliado al sur, de Santi Cazorla.
Cuando nada funciona todo es susceptible de empeorar y el Villarreal jugó con el descenso y gastó balas para escapar en un camino de perfil que parecía allanarse tras el triunfo en Gijón. Nada de eso. Intentó huir pero el infierno corrió más y le atrapó con apenas un par de minutos de Liga por jugar. Falcao, Tamudo, Lotina... y el final de una etapa, rara avis del fútbol español, deslumbrante.
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